Vamos a romper con el pasado

A empezar a creer que si el destino está escrito, las cosas no van a llegar porque nosotros las obliguemos a ello. Que lo que tiene que acabar, acaba. Que lo que tiene que volver, tiene toda la vida para hacerlo.

Y es que solo hay dos cosas en la vida que tenemos que cuidar por encima de todo. El amor, por nosotros mismos y, después, por los demás. El saber que a pesar de todos nuestros fallos y todas nuestras manías, merecemos a alguien que lo enfrente a nuestro lado con una vista no tan crítica como la propia nuestra. Más bien con una mirada de complicidad, con risas y con enfados que si ayudan a algo sea solo a hacernos mejores personas y no a alejarnos de quien nos ayuda a entendernos.

Porque, aunque no lo queramos ver, a veces ni nosotros mismos nos entendemos. Necesitamos un apoyo, unos ojos a los que mirar para sentirnos como en casa, una sonrisa en la que confiar y, sí, también un hombro en el que llorar cuando todo se ponga boca abajo.

Créeme cuando digo que no encontramos todo ello en una persona con la que el destino no decide que debemos estar.

Lo tiene todo preparado, medido al milímetro. Para que te caigas, aprendas, y después de 100 heridas más, seas alguien nuevo. Que puedas conocer a alguien en una nueva era de tu vida, que puedas retomar una conversación con alguien que siempre supiste que debiste haber conocido en otro momento de tu vida. Como…ahora.

Por eso necesitamos una nueva mirada. Un corazón más lleno y unas pocas historias más que contar. Romper con el pasado, llorarlo todo y recobrar todas las fuerzas. Coger aire y salir fuera. El mundo es tuyo y todo lo demás que deba serlo, aunque lo dejaras escapar o siquiera se te ocurra hacerlo, lo será.

Somos el libro de un destino del que aun no conocemos el prólogo.

M

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La apuesta

Como un golpe repentino en el estómago. Si me hubieran avisado de que la caída iba a ser tan fuerte, no lo habría apostado todo a una carta. ¿O sí? Puede que me la hubiera jugado a dos o puede que directamente no hubiera jugado. Aunque sabemos que, conociéndome, lo último es bastante improbable.

Es como la peor canción del verano. La que le llevas oyendo a todo el mundo cantar y tú te niegas a aprender. Puedes darlo por perdido, pero no conseguirás que salga de tu cabeza. Cuando te dicen que te agarras a un clavo ardiendo es mentira, solo consiste en saber que es difícil soltar la mano de lo que te ha hecho tan feliz, dando igual cuánto tiempo haya sido así, por tan solo una caída.

La cuestión es, ¿cuánto sabemos valorar lo que nos hace felices? ¿seríamos capaces de adaptarnos a sus cosas malas sin cambiar un ápice de todo lo bueno? Hasta el punto en el que hoy vivimos, el único cuento que nos han vendido y nos podemos creer es el de que todo lo malo viene con algo bueno detrás. También el de que todo lo bueno, carga algo malo a sus espaldas. Y es que, lo mires por donde lo mires, nada nunca será perfecto. El objetivo de una vida es creer, ciegos a matar, en la perfección de algo absolutamente imperfecto.

Y ahora, una segunda pregunta ¿hasta dónde eres capaz de llegar con los ojos cerrados? Quiero decir, confiar en un destino que te va a pillar totalmente por sorpresa. Vivir sin preocuparse más que por que las manecillas del reloj dejen de avanzar. Besar con la sonrisa puesta y llorar de emoción. Viajar sin moverse del sitio. Perderlo todo en un instante y desear recuperarlo otra vez. Una montaña rusa, nuestra vida en su pura esencia.

Para mí, todo ello vale más que un día malo e, incluso, mucho más que mil golpes en el estómago. Aunque no me los espere, aunque me de cabezazos contra la pared y lo intente negar. Por eso…me la juego a una, a dos, a tres. Me juego la baraja entera.

Y es que yo, detrás de estos ojos que mienten tan bien, jugaría mil veces de nuevo aun sabiendo que perdería cada una de ellas.

Que me perdonen, no engaño a nadie. Solo estoy ciega a matar.

M

Querido día

Un año después, puedo mantener que amar es de valientes. Y, sí. El mundo está lleno de cobardes.

Me siento cobarde cada vez que miro atrás y veo que quizás no hago lo suficiente por volver a ser, al menos, tan feliz como lo era.

Y puedo asegurarte que tenía bastantes motivos para no serlo. Una vida en la que casi no tenía tiempo libre, los estudios no iban como deseaba y un largo etcétera. Y, aun así, no recuerdo haber sido tan feliz en toda mi vida.

Él, agarrándose a mi cuello como si fuera un clavo ardiente. Porque cada uno era el pilar del otro, y eso era lo que me permitía ser fuerte e inmensamente agradecida por tenerle a mi lado.

Ojalá haber sido más valiente, y poder dedicarle todas las horas del mundo con las que ahora no sé ni qué hacer.

M, cuando se ponga el sol, voy a despedirme.

La impaciencia llegó

Voy a firmar algo.

Una especie de contrato que consiga llevarme a lo más alto del cielo sin tocarte, esta vez. Porque me he cansado de esperar, aunque lo haya hecho detrás de un muro.

Porque no es que ya no sienta nada, eso es imposible y lo tengo asumido. Es que ya no tengo fuerzas de lucharlo más. No tengo más ganas de echar la vista atrás y joderme por mirar el miedo que tuvo uno y la poca paciencia que tuvo el otro. Porque ninguna de las dos cosas me parecen propias de demostrarse nada.

El miedo porque es una puta mierda que se apodera de ti tras malas experiencias. La impaciencia porque no es más que una señal de lo que es más importante para alguien en la vida, sin ser esto el amor por quien más quieres.

Y así, sabiendo ambos que ninguno de los dos pensamos lo anterior, lo dejamos estar y lo dejamos ser. Y eso es más puta mierda que todo lo anterior.

Me dijeron una vez:

Pelea a muerte. Porque eso no se hace solo con las personas, sino también con las situaciones y nuestros deseos. Y rectifica, si te equivocas tan pronto como puedas. Regresa y recuerda que nada es lo suficientemente poderoso para vencer lo que llevas ahí dentro, en el corazón.

Y así, aun siendo conscientes de que la cabeza no podría jamás ganar al corazón, lo dejamos estar y lo dejamos ser.

Quizás yo también haya dejado de ser paciente.

M

Rutinas

Me sentaba en el mismo banco de todas las mañanas a esperar el tren que me llevaría a lo de todos los días. La rutina de ir a trabajar con lo que siempre soñé, con unas personas que jamás me imaginé tan buenas. Alguien me dijo que si tu rutina te gusta, entonces no se puede llamar rutina.

El problema es cuando sabes de sobra que falta algo. Algo para completar que todo aquello que soñaste salga bien al completo. La compañía de alguien, y no cualquiera, que pueda mirar con tus mismos ojos cómo cada una de las cosas que esperabas de ti misma salen a flote. Y cómo cada una de las suyas reluce en medio de un desastre, sintiendo orgullo por tener a alguien al lado que ha querido que tú estuvieras ahí para verlo.

Es un puto torbellino de sentimientos. Una vida completa a medias que te hace ser feliz por el día y querer llorar como una niña pequeña por la noche.

Y, entonces, aparece él. Con sus pintas de chico serio y elegante, para quien no le conozca claro. Con la apariencia de un corazón de hielo y una sonrisa invencible. A esperar el mismo tren que le llevará no sé aun a dónde, pero seguro que no al mismo sitio.

Evito su mirada. Por no descubrirle delante de todo el mundo y delatar con mi sonrisa que ese corazón no es de hielo, y que ese look no pega con sus bromas desentonadas. Pero me pilla, como siempre. Tal y como cuando descubría que no era capaz de enfadarme por mucho que me provocara.

-Supongo que tienes planeado seguir haciendo como que no me has visto un ratito más. Cuando te apetezca mirarme me avisas y te saludo.

*El mundo no gira alrededor de ti. Ni siquiera sabía que estabas aquí. ¿Dónde vas?

(Mentirosa…¿A quién pretendes engañar?, dijo su mirada)

-Yo sí te he visto a lo lejos. Ese rizo mañanero descontrolado es inconfundible. Voy dos paradas más allá.

*Vaya… después de dos horas peinándome me alegra que me digas eso. Yo voy a la de…

-Lo cierto es que no te he preguntado.

*Supuse que por educación te interesaría.

-Supones mal. No vienes conmigo, ¿No? Entonces tu respuesta deja de importarme.

*Vienes desde la otra punta del andén a sentarte a mi lado, con aires de ir a un evento de lo más importante, y de repente me sueltas esto.

-Ahá, ¿O sea que sí que me habías visto? Vaya…¿No me digas que te he pillado otra vez…?

*Oooooggg, mira olvídalo.

-Me encanta cuando te pones así. Solo por eso merece la pena haberme caminado todo el andén. Y sí, te suelto eso porque es la pura verdad. No hay un día que no lo piense, si quieres que te sea sincero. Pero total, ¿qué más da?.

*No da igual, si no es un pensamiento único. Lo que no entiendo es por qué hoy y no antes. ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo?.

-No lo sé. Bueno, sí. En realidad llevo un mes persiguiendo coger este maldito tren, y lo único que consigo es llegar tarde y coger el siguiente. Como un gilipollas esperando encontrarte por alguna casualidad. Y, la verdad, nunca con prisa.

*¿No te parece que urja?

-No cuando supuse que habías rehecho tu vida.

*Supones mal.

Tres trenes son los que, por lo menos, pasaron en un margen de 10 minutos que a mí me parecieron 2. Dos almas capaces de perdonarse todo, hasta el peor de los errores.

Nuestras miradas se cruzaron, tan ilusionadas como tristes a la vez. Ilusionadas por saber que eramos los únicos valientes capaces de rectificar y reconocer que nada está al completo sin el otro. Tristes por saber que, aunque nosotros sí sepamos perdonar al tiempo, el tiempo jamás nos perdonará no haber sido valientes antes.

M

Tu olor

Es una putada.

Cuando mi perfume me recuerda más a ti que a mí misma. A las noches infinitas y los besos en el borde de tu cama.

A los “qué bien hueles” y “te comería a besos”. A los “ni de coña me dejas aquí” y las 500 cosquillas de después.

Hace tanto tiempo que esto no huele a mí que…

Qué putada. De verdad que sí.

M